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Un país sin memoria no puede avanzar: qué ocurrió el 11 de septiembre de 1973 en Chile

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El 11 de septiembre de 1973 Chile vivió uno de los quiebres más profundos de su historia. Las Fuerzas Armadas derrocaron al presidente Salvador Allende, bombardearon La Moneda y asumieron el control del país. Lo que comenzó como un golpe de Estado terminó dando paso a 17 años de dictadura, con miles de personas asesinadas, desaparecidas, encarceladas y torturadas.

Cada 11 de septiembre Chile vuelve a mirar uno de los episodios más dolorosos de su historia reciente. Para algunos, la fecha representa el fin de una crisis política y económica que había llevado al país a una enorme confrontación. Para otros, representa el inicio de una dictadura y de una sistemática violación de los derechos humanos.

Pero más allá de las distintas interpretaciones políticas, existen hechos históricos que no deberían ser olvidados.

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Chile tenía un gobierno democráticamente elegido. Y el 11 de septiembre de 1973 ese orden constitucional fue quebrado por las Fuerzas Armadas y Carabineros.

¿Qué estaba ocurriendo antes del golpe?

El país llevaba meses sumido en una profunda crisis política, económica y social.

El gobierno de Salvador Allende, elegido en 1970 como candidato de la Unidad Popular, impulsaba un programa de transformaciones que incluía la nacionalización del cobre, una mayor participación del Estado en la economía y una amplia reforma social.

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Al mismo tiempo, la oposición política, sectores empresariales, organizaciones sociales y parte de las Fuerzas Armadas se enfrentaban al Gobierno.

Existían inflación, desabastecimiento, huelgas, paralizaciones, enfrentamientos políticos y una creciente polarización. También actuaban grupos armados y organizaciones violentas de izquierda y derecha.

Memoria Chilena registra que durante los meses previos se profundizó la división política y social, mientras grupos como Patria y Libertad protagonizaban acciones violentas y sectores de izquierda defendían distintas posiciones respecto de la vía armada.

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La situación llegó a un punto crítico después del Tanquetazo del 29 de junio de 1973, un intento de levantamiento militar que fue controlado por las Fuerzas Armadas leales al Gobierno, encabezadas entonces por el comandante en jefe del Ejército, Carlos Prats.

Poco después, Prats abandonaría la comandancia del Ejército y sería reemplazado por Augusto Pinochet.

La madrugada del 11 de septiembre

El golpe comenzó a tomar forma durante la madrugada.

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La Armada se sublevó en Valparaíso y las fuerzas militares comenzaron a movilizarse.

Salvador Allende fue informado de la situación y cerca de las 07:30 horas llegó al Palacio de La Moneda, acompañado por colaboradores y miembros de su seguridad.

La operación militar estaba en marcha.

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Los principales jefes de las instituciones que terminarían formando la Junta Militar fueron:

  • Augusto Pinochet, comandante en jefe del Ejército.
  • José Toribio Merino, comandante en jefe de la Armada.
  • Gustavo Leigh, comandante en jefe de la Fuerza Aérea.
  • César Mendoza, general director de Carabineros.

Los cuatro terminarían constituyendo la Junta Militar de Gobierno.

Memoria Chilena señala que la decisión de realizar el golpe el 11 de septiembre fue respaldada por Pinochet, Leigh, Mendoza y Merino.

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08:30 horas: la exigencia de renuncia

A las 08:30 horas, las Fuerzas Armadas exigieron la renuncia de Salvador Allende.

El Presidente rechazó la posibilidad de abandonar La Moneda.

Mientras tanto, los militares comenzaron a controlar puntos estratégicos de Santiago y otras ciudades del país.

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El Museo de la Memoria describe este momento como el inicio de una jornada en la que el Palacio de La Moneda amaneció rodeado por militares y tanques.

10:00 horas: comienzan los disparos contra La Moneda

A las 10:00 horas, los tanques comenzaron a disparar contra el Palacio de Gobierno.

Desde el interior de La Moneda también hubo resistencia armada.

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Allende había decidido permanecer en el edificio.

Mientras el combate se desarrollaba, el Presidente realizó sus últimos mensajes radiales.

El último discurso de Salvador Allende

Cerca de las 11:00 horas, Salvador Allende entregó por radio uno de sus últimos mensajes al país.

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Sus palabras serían posteriormente convertidas en uno de los testimonios más recordados de aquella jornada.

Allende comunicó que no abandonaría La Moneda y que permanecería allí mientras las Fuerzas Armadas avanzaban sobre el centro de Santiago.

Su último discurso se transformó con el paso de los años en un documento histórico sobre el final de la democracia chilena previa a la dictadura.

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El bombardeo de La Moneda

Poco antes del mediodía comenzó uno de los episodios más impactantes del día.

Aviones Hawker Hunter de la Fuerza Aérea de Chile atacaron La Moneda con cohetes.

El bombardeo duró aproximadamente 15 minutos y provocó incendios y graves daños en el edificio.

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La orden para la operación aérea fue dada por el general Gustavo Leigh, mientras la coordinación estuvo a cargo de Mario López Tobar, según los antecedentes recogidos por Memoria Chilena.

Las imágenes del Palacio de La Moneda envuelto en humo y fuego se convertirían en uno de los símbolos más reconocibles del golpe de Estado de 1973.

La muerte de Salvador Allende

Después del bombardeo, los militares ingresaron al Palacio de La Moneda.

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Salvador Allende fue encontrado muerto en uno de los salones del edificio.

La investigación histórica y judicial estableció que Allende se suicidó con un fusil AK-47.

Su muerte marcó el final del Gobierno de la Unidad Popular y el comienzo de una nueva etapa política en Chile.

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¿Quiénes dieron el golpe?

El golpe no fue obra de una sola persona.

Participaron las instituciones armadas que posteriormente quedaron representadas en la Junta Militar:

Ejército de Chile: Augusto Pinochet.

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Armada de Chile: José Toribio Merino.

Fuerza Aérea de Chile: Gustavo Leigh.

Carabineros de Chile: César Mendoza.

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Pinochet terminaría convirtiéndose en la principal figura política y militar del nuevo régimen y permanecería como jefe de Estado durante gran parte de los 17 años siguientes.

¿Y Estados Unidos?

El papel de Estados Unidos también forma parte de la historia.

Durante la Guerra Fría, el Gobierno de Richard Nixon y organismos estadounidenses, incluida la CIA, desarrollaron operaciones destinadas a impedir que el proyecto político de Allende se consolidara y posteriormente apoyaron acciones de desestabilización contra su Gobierno.

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Sin embargo, es importante diferenciar entre la intervención estadounidense previa y la ejecución militar del golpe dentro de Chile.

Los documentos desclasificados por Estados Unidos permiten conocer mejor lo que Washington sabía y analizaba durante aquellos días. En 2023, el Departamento de Estado estadounidense publicó documentos de inteligencia correspondientes al 8 y 11 de septiembre de 1973.

Por ello, la historia del golpe no puede reducirse únicamente a una intervención extranjera ni tampoco ignorar la intervención estadounidense: el golpe fue ejecutado por las Fuerzas Armadas chilenas, en un contexto de enorme conflicto interno y dentro de la Guerra Fría internacional.

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¿Cuántas personas murieron o desaparecieron?

Aquí es fundamental distinguir entre las víctimas de la jornada del 11 de septiembre, las víctimas de los primeros días posteriores al golpe y las víctimas de los 17 años de dictadura.

Según el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, durante septiembre de 1973 fueron registrados:

  • 598 personas muertas.
  • 274 personas detenidas desaparecidas.
  • 19.083 personas reconocidas como presas políticas y víctimas de tortura.

Estas cifras corresponden al conjunto del mes de septiembre y no solamente a las horas del golpe.

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A escala de toda la dictadura, las cifras son mucho mayores.

Un recuento basado en las distintas comisiones de verdad y reparación sitúa en más de 3.200 las personas ejecutadas o desaparecidas durante el régimen, mientras decenas de miles de personas fueron reconocidas como víctimas de prisión política y tortura.

Y hay una cifra que sigue especialmente abierta: los detenidos desaparecidos cuyos restos o destino final todavía no han podido ser establecidos.

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Por eso, hablar solamente de una cifra de muertos puede ocultar una parte fundamental de la historia.

La represión comenzó inmediatamente

Después de tomar el control del país, las Fuerzas Armadas instalaron un régimen militar.

Miles de personas fueron detenidas.

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Estadios, recintos militares, comisarías, centros de detención y otros lugares fueron utilizados para encarcelar a opositores reales o supuestos.

El Estadio Nacional se convirtió en uno de los símbolos de la represión posterior al golpe.

La persecución política también alcanzó a funcionarios públicos, dirigentes sociales, trabajadores, estudiantes, militantes políticos, periodistas y personas consideradas opositoras al nuevo régimen.

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La Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación —conocida como Comisión Rettig— fue creada en democracia para investigar las graves violaciones de derechos humanos cometidas durante la dictadura e identificar a las víctimas.

Posteriormente, la Comisión Valech investigó los casos de prisión política y tortura.

17 años de dictadura

El golpe no fue un episodio de un solo día.

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El 11 de septiembre de 1973 abrió un período que terminó el 11 de marzo de 1990, cuando Augusto Pinochet entregó el poder a Patricio Aylwin tras el triunfo del No en el plebiscito de 1988 y las posteriores elecciones democráticas.

Durante esos años se registraron asesinatos, desapariciones forzadas, torturas, prisión política, exilio y otras graves violaciones de los derechos humanos.

La represión tuvo diferentes organismos y estructuras a lo largo del período, entre ellos la DINA y posteriormente la CNI.

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El país que quedó después del golpe

El golpe también transformó profundamente la estructura política, económica y social de Chile.

El Congreso Nacional fue disuelto.

Los partidos políticos fueron prohibidos o restringidos.

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Se impuso censura.

Se suspendieron libertades civiles y se gobernó mediante decretos y bandos militares.

En los años siguientes se implementaron profundas reformas económicas y posteriormente se promulgó la Constitución de 1980, en un proceso realizado bajo el régimen militar.

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La dictadura terminó dejando una sociedad profundamente dividida y una discusión sobre el pasado que continúa hasta nuestros días.

¿Por qué Chile todavía discute el 11 de septiembre?

Porque la herida no terminó en 1990.

Hay familias que todavía buscan a sus seres queridos.

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Hay víctimas que continúan esperando justicia.

Hay personas que vivieron la prisión, la tortura o el exilio y cargaron con esas consecuencias durante décadas.

Y también existen familias que recuerdan el período de la Unidad Popular desde una perspectiva completamente distinta y consideran que el país estaba viviendo una crisis que hacía inevitable algún tipo de intervención.

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Reconocer esto no significa relativizar las violaciones de derechos humanos.

Una democracia puede estudiar las causas que llevaron a una crisis y, al mismo tiempo, condenar el quiebre democrático y los crímenes cometidos posteriormente.

Un país sin memoria no puede avanzar

Recordar el 11 de septiembre no significa obligar a todos los chilenos a tener la misma opinión política.

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Significa saber qué pasó.

Significa que las nuevas generaciones sepan que Chile tuvo una democracia, que esa democracia fue quebrada, que La Moneda fue bombardeada, que un Presidente murió ese día y que posteriormente miles de personas fueron asesinadas, desaparecidas, encarceladas o torturadas.

También significa estudiar el contexto que llevó al país hasta ese punto: la polarización, la crisis económica, los enfrentamientos políticos, la violencia, la intervención extranjera y la incapacidad de las instituciones para resolver democráticamente sus diferencias.

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Recordar no significa vivir atrapados en 1973.

Al contrario.

La memoria permite entender cómo una sociedad puede llegar a dividirse hasta el extremo y qué ocurre cuando la democracia deja de ser considerada un límite que todos deben respetar.

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Chile no necesita olvidar para avanzar.

Necesita recordar, investigar, reconocer a las víctimas y aprender de su propia historia.

Porque una democracia puede tener problemas.

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Puede tener crisis económicas.

Puede tener gobiernos buenos o malos.

Puede tener oposición, protestas, conflictos y profundas diferencias ideológicas.

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Pero existe una línea que una sociedad democrática no debería cruzar:

resolver sus diferencias mediante la fuerza y convertir al adversario político en un enemigo al que se puede eliminar.

A 53 años del golpe de Estado, esa quizás sea una de las principales lecciones que el 11 de septiembre de 1973 todavía tiene para Chile.

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Un país sin memoria corre el riesgo de repetir aquello que decidió olvidar.

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